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EL HIGO ERRANTE
Higo Errante estaba harto. No es que se considerara superior pero se
sabía
necesario, indispensable.
Este su destino de no tener destino acabó, francamente,
de aburrirlo. "No es posible -se decía- que yo tenga que estar en
todo".
Al Principio hasta le gustaba su trabajo, con el bosque desbordante
de vegetación y esas inmensas soledades todas suyas. Pero lo que más
extrañaba
del Principio era el silencio milenario; "haberlo sabido al principio -se
quejaba".
Así y todo no dejaba de acudir a dónde lo llamaran;
lo
malo es que él era el único. Tanto se habían acostumbrado
a consultarlo que nadie salía o entraba sin su presencia. "Alguien
debería relevarme -pensaba- tanto ir y venir me marea".
Higo Errante está realmente viejo y cansado, el bosque ha crecido
y el
trabajo es cada vez más; el árbol de sus ancestros ha quedado tan
lejos en el tiempo, que Higo Errante desespera de volver alguna vez a sus ramas.
El aguacero le pone un velo a sus pensamientos; la caliente humedad que se levanta
dibuja
las imágenes que pueblan sus recuerdos. "Solo por volver al Principio
sería capaz de empezar de nuevo -dice- aunque luego me viera en esta situación
otra
vez".
En más de una ocación había intentado cambiar de trabajo
pero no encontraba sustituto, nadie quería atarse con laburo tan absorvente;
y la voz del deber era algo que Higo Errante se sentía incapaz de desoir. "
Si bien es un trabajo liviano -le había dicho un Higo aspirante- no tiene
horario fijo; pero todo lo que tienes que hacer es constatar entradas y salidas
-se defendió Higo Errante- ¿dónde encontrarás otro
más seguro? No, No -dijo el Higo aspirante- prefiero algo a que pueda
renunciar,
eso de contratarme para siempre no me gusta nada".
Unas semanas después Higo Errante recibió una visita, era un Higo
que habitaba la parte antigua del bosque y le traia noticias de su árbol; "Por
allá todo está igual -dijo- mucho silencio y soledad, las cosas
se
hacen lentamente a causa del atraso, pero lo importante es no detenerse; si -dijo
Higo Errante- al final, tomar conciencia es vital".
Y diciendo ésto hizo pasar a su huésped; en cuanto el Higo visitante
entró, Higo Errante salió, cerró cuidadosamente el círculo
y se fue.
LA CARTA DEL INTERIOR
Lidia mira con fastidio la hoja que desde la máquina de escribir se burla
de ella, ha pensado varias maneras de relatar el asesitato de un personaje secundario
de su novela y no puede decidirse por ninguno.
Eligió por fin el estrangulamiento, pero necesita decirlo en forma espectacular,
quisiera plasmar en el papel no solo la angustia de la víctima sino también
su dolor, la sensación física de ahogo, describir el crujido del
cuello al romperse.
¿Cómo se verá desde los ojos de la agonía la cara
del asesino?
Se pone de pié, es inutil quedarse sentada, ya llegará la inspiración
cuando menos la espere. Sale a hacer las compras y regresa, encuentra a su marido
en casa y de mal humor al no hallarla. Durante la siesta continúa la novela
pensando que ya tiene el argumento y una hora de soledad para el borrador:
"Ella baja del taxi -comienza- se ha demorado más de lo que esperaba
y
es muy tarde: el barrio está silencioso y el edificio dode vive, a oscuras.
Sube hasta el segundo piso por las escaleras para que el ascensor no la delate;
no hacen ruido sus suelas de goma.
Entra al departamento, cierra y va al baño sin encender la luz; le gustaría
tomar una ducha pero lo despertará, se pondrá furioso y pelearán
de nuevo, mejor así, mañana podrá mentirle sobre la hora
de su llegada.
Se dirige al dormitorio cuya puerta está abierta; la persiana no ha sido
bajada del todo y la luz de los avisos luminosos dibuja el cuerpo del durmiente;
está casi en el medio de la cama, la cabeza fuera de la almohada y un
brazo extendido.
En cualquiera de los dos lados que se acueste tendrá que tocarlo; se inclina
hacia la cara del hombre, el olor a alcohol le da nuevas esperanzas y lentamente
comienza a correr el brazo atravezado. Conteniendo el aliento se apoya en la
cama; si se despierta le dirá que fue al baño, confiando en que él
no se dará cuenta de lo helada que está en contraste con la tibieza
del lecho, se tiende de espaldas al hombre. Quisiera taparse con la sábana
pero no se atreve más que a respirar.
Cuando seis meses antes se fueron a vivir juntos la cosa era diferente, él
laburaba y no bebía; pero ahora la escacés de trabajo y el ocio
lo habían vuelto irritable.
No le importaba el modo en que la mujer se ganaba la vida pero no toleraba sus
retrasos, consideraba que todo tiene un límite y no aceptaba que ella
diera más importancia a esos clientes de última hora que a él.
El hecho de que pagaran el doble lo tenía sin cuidado.
El hombre abre los ojos; está completamente despierto. La mano que ella
le ha corrido se mueve en imperceptible caricia. Ella aparenta un despertar sobresaltado
pero no se vuelve, sabe que no le gustan las iniciativas femeninas. El no es
un cliente.
El hombre la pone de espaldas y se sube; busca debajo de la almohada un viejo
cinto que siempre usa para eso y le ata las manos. Permanece un rato besándole
la espalda y sintiendo crecer la exitaciónde la mujer. Le pasa los brazos
por debajo del cuerpoy con las manos en los pechos la levanta.
Ella se le pega, sabe que ahora debe ofrecer su cara y gira la cabeza; él
la da vuelta; acostada boca arriba lo espera. El se ubica, penetra despacio y
se mueve a ritmo lento, se cree un experto y ella adora su técnica amatoria.
La lleva una y otra vez al borde del orgasmo hasta que no se aguanta más
a sí mismo. En el dulce abrazo que sigue le desata las manos, le saca
los cabellos de la cara, la besa con ternura. El hombre la mira; hay una nueva
luz en sus ojos y ella tiene miedo de hablar, de preguntar; jamás se atreverá a
dar una explicación sin que se la pida.
En las últimas semanas ha cambiado tanto que le cuesta recordar al muchacho
alegre que fue, el de las ilusiones y los planes. Con amargura ella piensa en
lo animoso que era cuando, recién perdido su trabajo, escribió aquella
carta a sus parientes del interior pidiendo ayuda para ámbos. Y luego,
al ver que el tiempo no le traía respuesta, lo vio perder la esperanza
y el valor.
No admitía que lo alentara y ella pensó con tristeza que ya no
estaba en sus planes."
Lidia oyó el portazo y rápidamente mira el reloj: las siete treinta
y no había cocinado; se levanta y ve a su marido que la observa desaprobador,
da media vuelta y se encierra en el baño; Lidia baja hasta el supermercado
y al regresar, el marido está sentado en el escritorio leyendo su novela.
En silencio se mete en la cocina y prepara una cena de apuro como todas sus comidas.
Cuando termina se la sirve y sin palabras se sienta a escribir; no podrá hacer
nada hasta que haya relatado el asesinato. Pensaba que lo haría estrangularla
mientras hacían el amor, después decidió que mejor al terminar,
y ahora no hallaba el momento de matar a la infeliz, como si ella tratara de
escapar a su destino de personaje condenado.
El marido de Lidia termina de cenar y se dedica a ver televisión; cada
tanto levanta la vista y la mira de una manera que no la deja concentrar; como
si consperara q favor del personaje impidiendole realizar el crimen. Se da cuenta
que no podrá escribir mientras su marido esté levantado, así que
junta los restos de la cena y limpia los trastos. Luego prepara café y
enciende un cigarrillo; parada en la cocina bebe a sorbos pequeños y fuma.
El marido se asoma a la puerta, tiene una mirada muy intensa que a Lidia se le
clava en la carne estremeciendola como antes, como cuando todavía hacían
el amor. Deja el cigarrillo y el café y pasa junto a él hacia el
interior del dormitorio; frente al escritorio se detiene, él viene detrás
de ella y se le para al lado enviandole esa mirada turbadora que es todo un llamado.
Sorda a él Lidia se sienta rígida ante la máquina y, con
odio, escribe:
"
El hombre tiene a la mujer entre sus brazos, están de costado y ella,
sumisa, lo deja hacer; cada tanto la besa y acaricia. La mujer enreda sus dedos
en el pelo ensortijado del hombre y le muerde los labios; él no se molesta
como antes porque ya no tiene motivos, porque el trabajo de ella se ha terminado
para siempre y esta noche todas sus iniciativas serán aceptadas.
Entre risas comienza el juego erótico otra vez pero el hombre no busca
el cinto de tela, no será necesario porque las manos de ella jamás
volverán a vender sus caricias; él ha tomado una desición
irrevocable y ella no podrá resistirse...,"
Lidia se sobresalta e interrumpe el golpeteo de la máquina, se levanta
despacio y se asoma al dormitorio; todo está quieto allí, debió ser
un ruido en la calle. Mira su reloj: las dos de la mañana; de pronto se
siente cansada , pensandolo mejor, dejará vivir a la desdichada una noche
más. Apaga las luces y va al baño.
"
...se dirige al dormitorio cuya puerta está abierta; la persiana no ha
sido bajada del todo y el resplandor de los avisos luminosos dibuja el cuerpo
del durmiente; está casi en el medio de la cama, la cabeza fuera de la
almohada y un brazo extendido. En cualquiera de los dos lados que se acueste
tendrá que tocarlo. Lidia sonríe con desprecio al ver que su marido
reproduce la escena de su novela, y para burlarse le sigue el juego.
Se inclina hacia la cara del hombre como si oliera y lentamente corre su brazo
atravezado, luego se tiende de costado. El hombre que fingía dormir abre
los ojos, la mano que ella le ha corrido se mueve, llega hasta su espalda y sube
en imperceptible caricia. Ella aparenta un despertar sobresaltado y espera con
satisfacción el momento de escupirle su asco; el hombre se acerca, la
pone boca abajo y se sube.
Gozando anticipadamente ella deja que le acaricie la espalda, le dará unos
minutos para que compruebe una vez más su impotencia. La mujer siente
el deseo subirle por las piernas y desliza las manos debajo de su cuerpo. El
hombre continúa las caricias, retira los cabellos de su nuca y se la besa.
Con los dedos le recorre la cara y el cuello; la espalda y el cuello; los hombros
y el cuello. Las manos se acomodan; cabe tan justo en el hueco. El cuerpo de
la mujer se sacude. El hombre no sabe muy bien de qué."
A la mañana siguiente cerca del mediodía, confundidos entre el
gentío de la estación, una humilde pareja con sendas mochilas,
zapatillas, vaqueros y camperas de jeans, los largos cabellos al viento, se trepan
al vagón de tercera. Ubican su equipaje y se sientan.
El tren arranca, toma velocidad y se pierde. Entonces ellos, helados y felices,
despliegan para leer, por centésima vez, la carta del interior.
LA ZONA INEXISTENTE
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Ayer soñé otra vez con la zona inexistente y como siempre que esto
pasa me levanté deprimida. La sensación de soledad absoluta que
se apodera de mí en el sueño me persigue durante horas, días
a veces. Es una sensación extraña, sin penas ni alegrías
pero sobre todo, sin temores. No me siento ni bien ni mal, me siento raramente “normal”.
Solo una tímida inquietud ha asomado últimamente en mí cuando
sueño con la zona: cuanto más deseo despierta no soñarla,
más deseo en el sueño atravesarla y apuro mis pasos hasta su esquina
que está cerca, esperando llegar a ella. Me cruzo con vecinos que conversan
y saludan desde la vereda de enfrente o desde sus casas.
Nunca encontré a nadie caminando por mi zona, esa vereda solitaria con
el paredón triste, y hasta las hojas de los árboles evitan caer
sobre ella, dándole un aspecto de rara antigüedad.
Como si perteneciera a un pasado común y doloroso, como obedeciendo a
un acuerdo tácito, la gente del barrio elude sistemáticamente cruzar
la zona inexistente, y la zona, ignorada por años, se fue borrando del
paisaje pueblerino hasta el día de la tormenta.
Yo estaba en el centro cuando se desató y me refugié, como todos,
bajo los saledizos o dentro de los negocios. ¡Había tanto sol cuando
salí! Pero ahora tenía que volver, después de un rato la
gente comenzó a correr para un lado y para el otro, los negocios cerraban
sus puertas y la calle quedó solitaria en pocos minutos. El cielo estaba
totalmente gris y la tormenta, lejos de amainar, por momentos arreciaba con
toda la furia de la sudestada.
Recuerdos de mi infancia en el campo comenzaron a llegar traídos por el
olor del agua y el ruidos de los árboles sacudidos por el viento; sentí en
mis pies, como entonces, aquella agradable sensación al andar por los
arroyitos que se forman en los caminos de tierra, vi decenas de ranitas casi
blancas escapar de sus agujeros inundados, a las lagartijas meterse entre las
piedras donde se refugian cuando el sol las calienta en las siestas, y a las
que yo sacaba con ayuda de Capitán, mi perro, que corría más
rápido que las liebres cuando lo lanzábamos detrás de ellas,
pero que jamás cazó ninguna para desesperación de mi padre.
Después me vi en la arrocera de los vecinos, que tenían muchos
hijos y me llevaban a cazar anguilas por las noches, entonces metíamos
en el agua las manos dejando un solo dedo estirado para que las anguilas se prendieran
y sacarlas de un tirón. La mía era hermosa y suave como la seda.
Después de “acostarla” en un balde de lata con agua hasta
la mitad, permití que me bañaran y acostaran a mí, y me
dormí buscándole un nombre bonito...Dicen que son deliciosas saltadas
a la cacerola cortadas en rodajas; yo lo sé porque gracias a mi padre
me la almorcé al día siguiente.
Una dulce melancolía por aquellos años felices me hace sonreir
con la misma añoranza de siempre y fue por eso, y no por otra cosa, que
pasé por la zona inexistente sin querer.
Yo me había sacado la campera de nylon y con ella envolví los libros
y los zapatos, me arremangué los pantalones y con el bulto sobre la cabeza
salí a la lluvia; yo iba para el sur y la lluvia para el norte, esto me
hacía caminar inclinada y en esa posición solo veía unos
metros delante de mi, pero ni ese día ni el otro me di cuenta de lo que
había hecho. Pasaron varias semanas y no me acordaba para nada de esa
tormenta ni de las lluvias en el campo, hasta que una siesta, terminando ya el
verano, el sonido del agua sobre el techo me hizo soñar con la zona
inexistente.
Yo me veía de frente como si estuviera de espaldas al viento que acostaba
la lluvia y los árboles, caminaba hacia mí misma, pasaba junto
a mi y me perdía a mi espalda pero yo (mi yo que soñaba), me quedaba
parada viéndome pasar de largo, asombrada por mi indiferencia. Desde entonces,
cada vez que llueve a la siesta yo sueño con la zona, al principio me
costaba recordar, apenas si tenía una vaga idea de lo soñado que
siempre se mezclaba con los recuerdos de mi infancia, los que al final prevalecían.
Pero con el tiempo trataba de seguir soñando en duermevela, desechando
de mi mente aquellas lluvias del campo, hasta que logré atrapar la sensación
plena del sueño por unos breves instantes, pero no conseguía dormirme
de nuevo para seguir soñando.
Las lluvias de verano se acabaron y cuando llegó el invierno el sueño
desapareció. Ni una sola vez me acordé de la zona ni del sueño,
y con las lluvias de invierno volvieron los recuerdos de infancia, yo curiosamente
evitaba salir cuando llovía, cosa que siempre me gustó, a menos
que fuera absolutamente necesario.
Un día los vientos primaverales se presentaron justo cuando yo cruzaba
la zona envuelta en su característico silencio, el golpe que sentí en
la cara al salir de ella y escuchar de nuevo los sonidos de la calle me hicieron
recordar el sueño, por primera vez conciente; a partir de ese día
yo no quería que el verano llegara.
Me tranquilicé renunciando para siempre a dormir en las siestas lluviosas
de todos los veranos de mi vida, y no tardé en comprobar que esta decisión
me privaba de soñar durante la noche.
Había aprendido ya hacía tiempo a programar mis sueños al
acostarme, aprovechando los días propicios del ciclo lunar, e incluso
podía continuar un sueño interrumpido en el momento mejor, hasta
que terminara solo, y no estaba de ningún modo dispuesta a perderme esas
maravillosas experiencias que tanto esfuerzo mental me habían costado,
y menos ahora que había logrado recrear mis propios cuentos, y porque
me había llevado una fenomenal sorpresa en el experimento: jamás
podía, en el sueño, representar el papel del personaje que elegía,
sino que me ponía las ropas del más desgraciado de ellos, y luchaba
desesperadamente para torcer el destino que en el papel le había tocado,
creando una situación tragicómica en la que de día escribía
y de noche borraba.
Me encontraba por esos días en una nueva etapa de mis “experimentos” consistente
en soñar los cuentos inconclusos, pero no los cortos que siempre se presentan íntegros
y con su final bien claro, sino aquellos que lleva semanas terminar, con muchos
personajes y lugares, y susceptibles de ser alargados indefinidamente.
Vanos y frustrantes fueron mis intentos durante noches interminables, para
despertar agotada a la mañana con un espantoso sentimiento de perdida. No tenía
que consultar con ningún psicólogo para saber lo que tenía
que hacer: enfrentarme con la zona inexistente dentro o fuera del sueño.
Muchas posibilidades de lluvia no había y así pasaron más
de dos semanas. Una mañana temprano me despierto de golpe, fue uno de
esos despertares sobresaltados en que uno está lúcido y con los
ojos bien abiertos y se queda quieto escuchando, esperando. Afuera, una mansa
lluvia mojaba y limpiaba todo. La ansiedad y el nerviosismo se apoderaron de
mi, me levanté y salí rápido. Al doblar la esquina miré hacia
la zona, el barrio todavía dormía. A mi alrededor no había
nadie, las ventanas de las casas estaban cerradas; caminé muy despacio,
llegué, crucé y di vuelta a la manzana.
A la siesta soñé conmigo pasando dos veces por allí, cuando
venía descalza con el bulto de los libros y cuando iba esta mañana
con el paraguas.
Las dos imágenes se cruzan por el centro de la vereda atravesándose
la una a la otra, pero yo no estoy en el sueño como espectadora, solo
estoy viendo desde el sur.
¡
Esto es una locura! -pensé- si cada vez que pase por ahí se va
a agregar una imagen al sueño, en un año habrá cientos de
figuras deambulando indiferentes, atravesándose mutuamente y sin hacer
nada para acabar con esta pesadilla. Así que decidí no ir más
por la zona inexistente pero sí soñar con ella. También
decidí otra cosa: averiguar que pasa con ese lugar, cómo actúa
la gente del barrio. Descubrí que son muy pocos los que cruzan esa vereda,
unos porque tienen auto, otros porque no van para ese lado, pero no la evitan
como me había parecido en el sueño, solo que como no hay nada allí nadie
tiene por qué ir.
Dejé en el olvido mis experimentos con los cuentos, aunque soñaba
de noche normalmente, y me acostaba a la siesta cuando llovía. El sueño
acudía invariablemente y con el tiempo logré borrar mis dos imágenes
pero no podía ubicarme en otro sitio y siempre terminaba mirando la
zona de sur a norte.
Los ejercicios mentales que hacía para programarme no daban resultados
y abandoné por cansancio, el sueño venía y hacía
lo que quería que era siempre lo mismo: empezaba antes de la zona y
terminaba antes de cruzarla del todo.
Yo estaba segura de que un temor oculto me impedía caminar en sentido
contrario. Durante cuatro tardes seguidas en que lloviznaba suavemente me programé para
detener el sueño un instante antes del final, si lo lograba, el siguiente
paso sería continuarlo a partir de allí para poder atravesar la
zona mientras el tiempo normal del sueño transcurría, pero llegado
al mismo punto me despertaba completamente, es decir: el sueño comenzaba
y terminaba, porque yo me dormía pensando con fuerza en la escena final
y no pude conseguir que durara lo mismo que antes; era como ver una foto.
Después hice algo que había decidido no hacer, caminaba de norte
a sur por la zona antes de acostarme; tampoco dio resultado: como espectadora
siempre le daba la espalda al sur.
Por esos días tuve que viajar y aproveché para hablar con una vidente,
amiga de una amiga que vive en Bandfield, y que me había contado experiencias
muy extrañas.
∑
“Pero lo tuyo no tiene nada de raro –me dijo- vos sos vidente”.
∑
“¡AH! –y pensé: maldita la gracia que me hace.
Todo el viaje de regreso lo hice rumiando las cosas que me dijo: que me quedara
tranquila que eso era un don, que no era para ponerse así y que tenía
que practicar..¿¡practicar!? para no hacer daño ni meterme
en líos, que no tratara de anularlo porque me ocacionaría serios
trastornos psíquicos -¡JA, ahora me lo dice!- que lo tomara con
calma como si fuera el don de la pintura o de la música. ¡Ojalá pudiera
tocar el violín como Eugenio Ormandí o pintar como Van Gohg! ¡Pero-qué-rica-tipa! –pensé- ¿Por
qué no me dice cómo recuperar la normalidad? En cambio reconozco
que me dijo dos cosas importantísimas, primero: si el sueño se
termina –o corta, de eso estoy segura- antes de cruzar la zona, es porque
se supone que en ese punto algo debe ocurrir, y si aún no ha ocurrido
es porque la que debe actuar soy yo, y como yo sigo caminando hacia el norte,
llego al sitio de siempre y se acabó, la segunda cosa que me dijo es que
hable “si no te animás a darte vuelta al menos hablá, decí algo,
preguntá...” ¡Sí-cómo-nó! –pensé yo-
así los vecinos me creen loca o lo que es peor, alguien me contesta.
Mi amiga propuso que me quedara unos días más por si llovía, “entonces
una siesta, con la vidente cerca para intervenir...” Pero la vidente no
quiso, “no –dijo- acá el sueño no va a venir, tiene
que ser allá, donde está la zona, y mirándome muy seria “hacerme
caso, date vuelta y pregunta ¿quién es!, después que hagas
el primer contacto me avisas que yo voy con otra persona y entre los tres haremos
lo que sea necesario.”
“
Lo que sea necesario”, esas cuatro palabras podían significar tantas
cosas: ¿y si era un alma buscando su cuerpo perdido desde los tiempos
de Urquiza? Porque la famosa casa-cárcel del General está por ahí nomás,
pudiera ser alguien que escapó y lo alcanzaron cuando trataba de llegar
al río. Y aquel otro asunto del cura asesinado tan cerca de la zona, donde
está la capillita. Y ese antepasado mío que mataron, fue bastante
lejos de aquí pero era mi pariente.
Mi amiga trataba de animarme pero a mi me parecía que me cargaba:
“¿ Che, y si fuera un tesoro de aquellos galeones?”
Están en el fondo del océano –contestaba yo- no digás
pavadas, querés?
“
Pero tu antepasado venía en un galeón ¿no?”
Si, entonces yo voy, me consigo cinco palos verdes para reflotar un galeón
lleno de esqueletos y vasijas de barro, que vendidas me van a dejar un vagón
de guita; cortala!
“¿
Y si fuera él?”
¡¿
Y si fuera un demonio?! ¿O no se te ha ocurrido? (Me enojé) ¡Entre
las cientos de personas que conocés ¿cuántas realmente buenas
hay? ¡una de cada diez! Los otros nueve son regulares tirando a malos.
“Pero ella dijo –insistió mi amiga- que ese peligro existe
cuando nosotros tratamos de establecer el contacto, en este caso no porque es
al revés, porque el que te busca es alguien que te conoció o que
perteneció a tu familia”.
Me parece –dije- que ya tuvo bastantes oportunidades de manifestarse, además ¿por
qué a la siesta? ¿Cómo se les ocurre que yo me voy a parar
en pleno día, tan cerca de mi casa y voy a preguntar a nadie “¿quién
es?”
Mi amiga tuvo que reirse.
“¿Ves que es redículo?”
“Si no me río por eso –contestó ella- aunque sería
muy cómico, claro, lo que te decía la vidente se refería
al sueño”.
“¿Al sueño? –pregunté amoscada.
“Sí, estabas tan enojada que no entendiste nada, solo se trata de
que “en el sueño” te des vuelta, preguntes ¿quién
es?, y cuando te contesten “fulano”, te das vuelta de nuevo y caminás
hacia el norte para terminar ese famoso sueño antes de que él te
termine a vos. Después me llamás y yo le aviso a ella”.
En el sueño –murmuré- vos estás segura...
¡Sí, estoy segura, pero por favor!”
Bueno, lo voy a pensar, total, Fulano no se va a morir..
De regreso en mi casa me dediqué a pensar en lo que me pasaba como si
fuera una novela: “si yo estuviera escribiendo este disparate le insuflaría
un poco de valor al personaje, haría que la mina esta se de vuelta de
una vez por todas, establezca el contacto con ese alguien que evidentemente la
está buscando, y, después, con ayuda de la otra mina-que-ve, trate
de satisfacer los deseos de esta alma en pena; a lo mejor lo único que
quiere es que entierren sus huesos, o tal vez necesita descargar su conciencia,
no, eso no porque se supone que allá se pagan todos los pecados. Bueno,
creo que no tengo otra salida, o me doy vuelta o me paso el resto de mi vida
tragando remordimientos.
La naturaleza me jugó una mala pasada, no llovía y el verano se
acababa, hasta que una tarde, a una hora en que nadie que sea normal se acuesta,
a no ser los bohemios, empezó a llover despacito, al agua caía
como a hurtadillas y aún quedaban dos horas de luz. Por supuesto que me
acosté de inmediato, relajé cada músculo de mi cuerpo y
con la idea fija de darme vuelta dejé que el sueño se presentara
libremente. Al principio ocurrió algo que yo esperaba y temía:
mi mente, en un intento por escapar a su responsabilidad empezó a pasearse
por los escenarios de otros sueños produciendo un sainete infernal, mostrando
el exacto grado de confusión de mi pobre cabeza, y al mismo tiempo, los
esfuerzos que hacía para retroceder a la infancia y refugiarse en ella;
así las cosas, estuve lo que me pareció un largo rato tratando
de rescatar mi imagen adulta de aquellos entornos del campo, para ubicarla en
la zona inexistente, pero mi temor era tan grande que recurría una y otra
vez a mi pasado, aferrándome a las figuras más queridas, y cuando
lograba ver desde el sur a la zona, mi petizo con sus largas crines se paraba
de frente a mí, levantaba las manos y relinchaba desesperado, como si
viera algo espantoso detrás mío.
Paulatinamente lo fui calmando sin saber si yo era chica o grande en el sueño,
y conseguí que se alejara al trote, pero al llegar al final de la zona
se detuvo para hacerme un último llamado, desapareciendo en medio de
relinchos de protesta y raspando furiosamente el suelo.
Por fin se hizo el silencio en la zona inexistente, que atrapada en esa quietud
de cuadro me esperaba; comencé a caminar hacia el norte obligada a una
lentitud exasperante, esta vez yo me veía avanzar siguiendo exactamente
la línea cardinal: desde el cordón de la vereda longitudinalmente
hacia el muro, al llegar a él levanto una mano, “abro una puerta
y entro”.
En ese instante dejo de ser espectadora en mi propio sueño y paso a ser
la imagen soñada. Este cambio ocurre en el lapso de tiempo entre abrir
y cerrar esa puerta, porque (según me dijo después la mina-que-ve) “vos
no podés entrar ahí pero ella sí”. Clarito ¿no?
Así que ahora soy “esa”, la que cierra la puerta y se queda
apoyada contra ella, mirando el vestíbulo rectangular, cuya simetría
solo se interrumpe para dar lugar a la escalera, que descansa sobre la pared
izquierda describiendo una suave espiral; a los pies de ésta se abre una
enorme puerta macisa de cuatro hojas, la típica entrada a una biblioteca.
Sobre la pared opuesta una sola puerta que debe ser la comunicación con
la cocina y habitaciones de la servidumbre, el resto está ocupado por
tres juegos de living con sus correspondientes alfombras y mesitas; debajo de
la escalera, un rincón para leer donde dos sillones orejeros ponen la
nota diferente y acentúan la fragilidad de los chipendale.
Algunas lámparas de pié y tres estatuas de ébano sobre pedestales
llenaban los espacios vacíos.
El aspecto general del recinto quería ser lujoso, pero sus paredes desnudas
y la falta de flores en los búcaros, le conferían esa solemne tristeza
de los salones de museo, tan parecida a la de los cementerios, en donde la presencia
de los vivos de nada sirve, y sus rituales de flores de colores sobre las tumbas,
magnífico símbolo del estadio intelectual del homo sapiens, resulta
tan conmovedoramente inocente.
Yo estaba, entonces, en medio de esa tierra de nadie, entre un mundo y otro,
avanzando hacia la pared del fondo cuyo empapelado diminuto, que no había
visto, disimulaba una pequeña puerta, y hacia ella fui.
Del techo, a un costado, colgaba un grueso cordel color arena, tiré de
la borla y la puertita se abrió mostrando el bellísimo paisaje
de alguna parte, lo que parecía ser el confín de un extenso parque
sobre la cima de un acantilado, a sus pies, muchos metros abajo, rompía
el mar con furia arrolladora.
A pesar del temblor de mis manos pude cerrar la puertita y caminar hasta el
borde. Hacia la derecha se alzaba un terreno boscoso, como coto de caza, pero
hacia
la izquierda iba en bajada y la arboleda y los pastos raleaban hasta llegar
a las blancas arenas de una pequeña, redonda, hermosísima ensenada.
Sin pensarlo busqué por donde bajar y casi enseguida encontré unos
rústicos escalones de piedra que luego continuaba en una angosta vereda
zigzagueante.
Ya me había lanzado por ella cuando oigo algo que me detiene: a mi espalda,
hacia el acantilado donde comienza el bosque, las voces de dos hombres y una
mujer que gritan, el relincho enloquecido de un caballo y un galope que se perdió rápidamente.
Subo corriendo para lo cual tengo que recoger mi falda con las manos, y entonces
me doy cuenta de la clase de ropa que llevo: un vestido con el talle y las
mangas muy justos al cuerpo, la pollera amplia y larga con muchos volados en
el ruedo,
todo blanco y ribeteado de celeste, como la cinta que enlaza mi cintura.. Todo
esto lo vi mientras subía con el pecho oprimido por un fatal presentimiento.
Cuando llego arriba miro a lo lejos, hacia la punta del acantilado que forma
el límite entre el bosque y los jardines, allí donde la pared rocosa
parece cortada a pique y que, por el ruido del agua, se interna bajo ella tanto
como la parte que sobresale, alta como un edificio de diez pisos. Y ahí,
en ese lugar que no reconozco, veo claramente, aunque están a más
de 300 metros, las figuras de dos hombres y una mujer que gesticulan. Los ademanes
de ella parecen algo histéricos y los hombres, finalmente, consiguen calmarla
y llevarla para la casa; o sea, vienen “hacia mi”.
Dejé para después la excursión a la ensenada y fui a esperar
a los tres personajes, un poco atemorizada pues ignoraba cómo reaccionarían
al verme, pero ellos miraban a través de mi sin sentir mi presencia.
Entré a la casa que solo es el vestíbulo y oí sus voces
agitadas, ruidos de puertas que se golpean y los pasos rápidos de ellos.
Los miembros de la servidumbre acuden presurosos junto a su señorita,
quien es atendida solícitamente y a quien luego conducen a sus habitaciones
para que descanse. Me apuré y alcancé a verla subir la escalera,
acompañada de su doncella y desaparecer en lo alto de la misma, cinco
minutos después oí claramente que se abría y cerraba una
puerta y todo quedó envuelto en el silencio.
Yo me había parado en la puertita por la que espiaba y me sobresalté al
ver a una criada mayor y gruesa salir por la puerta de cuatro hojas, cruzar el
vestíbulo y trasponer la que yo supuse conduce a la cocina. Voy tras ella
con grandes precauciones pero rápidamente comprobé que no me veían
y escuché una voz ordenar un te de tila para la señorita, que regresó muy
conmovida de su paseo. Las doncellas se movilizaron, una preparó una bandeja
mientras que la otra hacía el te, cuando estuvo listo, me di cuenta que
la doncella gruesa se lo llevaría y me volví a la puertita espiando
del lado de afuera. La vi pasar y subí la escalera detrás de ella,
no me animé a acerarme a las voces pues estaba en un primer piso y no
tenía interés en darme un porrazo, para mí solo existía
el vestíbulo, y aunque podía verlos dentro de él u fuera
de la casa, el resto del edificio se me negaba y tenía que conformarme
con escuchar, que no era poco.
Por el roce, la ropa de la cama debía ser de seda o raso, la criada hablaba
con mucha dulzura, andaba por la habitación corriendo cortinados que sonaban
pesados, y pensé que oscurecía el cuarto para que su señorita
durmiera. Nada decía de lo que había pasado y la voz de la muchacha
no se oía.
En eso desde abajo salen los hombres y suben la escalera ¡qué hago!
Paralizada, los veo acercarse mientras hablan en voz baja, pasan junto a mi,
golpean la puerta y entran. Yo los sigo, el mayor se queda prudentemente en silencio
pero al joven lo oigo sentarse en la cama y –creo- toma las manos de la
muchacha, le pregunta si está más tranquila a lo que ella responde
con un gemido.
“He tomado una decisión –dice el joven- Azabache debe morir, ¡no! –exclama
al oír los reproches de la joven- no digas nada, lo he decidido y lo haré,
esto no puede continuar. El caballo se ha vuelto loco, ¿entiendes? Además
sufre, y cuando pienso que un día te encontrará sola...hoy casi
acaba con tu vida, Caterine... El nos está pidiendo que le demos fin ¡no
quiere vivir! Ahora cálmate, descansa.
Los hombres se van, la criada se acerca a la cama, retira almohadones o algo
parecido y escucho como le arregla la ropa, luego dice que le soltará el
cabello para que esté más cómoda. Finalmente sale. Yo no
sé qué hacer, si voy a la cocina tal vez averigüe algo, las
criadas siempre comentan, y los hombres deben estar en la biblioteca, seguramente
hablando de lo mismo. Pero una fuerza desconocida me retiene allí, y sin
darme cuenta, en un impulso, la llamo: ¡Caterine! La muchacha levanta la
cabeza como escuchando, mira a su alrededor y es tan asustada su expresión
que yo, arrepentida, salgo decidida a no interferir.
Comienzo a bajar la escalera y de pronto me doy cuenta y me paro en seco ¡su
cara asustada! ¡Vi su cara en un momento, al nombrarla! Si pudiera hablar
con ella... pero ¿cómo? Parecía tan temerosa, quien sabe
desde cuándo le sucede esto, que aún no sé qué es.
Una tragedia ha ocurrido en esta casa invisible, en el vestíbulo no hay
nada, y como no veo nada más no puedo buscar fotos, cartas, algo que me
de una pista. Decidí pegarme a los dos hombres, entro a la biblioteca
pero ellos ya no están allí, aparecen dos criadas con vajillas
y por los ruidos es obvio que preparan una mesa, “es el comedor –me
digo- bueno, entonces no me interesa, un comedor nunca encierra secretos.
¡Qué exasperante es todo esto! ¿Cómo voy a averiguar
lo que sea si no puedo ver nada? Entonces se me ocurre algo: subo al primer piso
y estiro mis manos, encuentro la pared que se hace visible donde yo la toco. “¡Bien,
esto está mejor!” Camino por lo que debe ser un pasillo y llego
a otra puerta, con el pedacito visible donde está mi mano paso a través
de ella. Tanteando encuentro un mueble ropero, luego una cama, mesa de luz, la
ventana cerrada; así recorro más de 15 habitaciones, algunas con
dos camas y otras con una, están todas vacías, nada de ropa, libros
o flores: regreso a la habitación de Caterine, si ella no está,
la revisaré, está durmiendo.
Abajo se oyen voces, salgo y encuentro a los dos hombres que, portando armas
largas, de caza, se preparan a salir. Afuera los esperan dos mozos sosteniendo
de las correas a cuatro caballos y una docena de lebreles, a los que hacen oler
una montura, la de Azabache.
“¡No puedo creerlo –pienso- lo van a matar como si fuera una
fiera salvaje!”
Rápidamente tomé la senda que lleva al bosque y en menos de cinco
minutos estaba en la punta del acantilado, donde había visto la escena
luego de los gritos y el relincho. Innumerables veredas se abrían para
todos lados, pero algo me condujo por la que seguía al borde mismo del
precipicio, cada vez más alto y empinado; parecía la menos usada
y decididamente no llevaba a claro alguno, sino que más bien parecía
el final de un camino para venir desde el otro lado, por alguien que utilizaba
esa altura como atalaya para vigilar la casa y sus habitantes.
Cada vez me convencía más de esto, segura de seguir el camino correcto.
Durante más de media hora no hice sino subir, cuando me pareció que
estaba en lo más alto me detuve a respirar y a mirar alrededor. El lugar
mostraba señales de ser bastante concurrido, la hierba estaba pisoteada
y varios arbolitos habían sido cortados para formar un claro.
Pensando que ese sitio era magnífico para construir un faro o bien una
torre de vigilancia me asomé, la vista era hermosa, la inmensidad del
mar sobrecogía, y a través de toda la roca y tierra que había
entre él y yo, pude sentir el golpe de las olas en la planta de mis pies.
El ambiente se volvió inhospitalario, como si cada gota de agua me dijese
que me fuera, un aire frío comenzó a rodearme pero ni una sola
hoja se movía, entonces comprendí que la hora de la tragedia había
llegado, es decir, de la pasada tragedia, y ese lugar, el escenario, cobraba
cada año el mismo clima doloroso, tan fuertes como habían sido
las pasiones que la desataron.
Me retiré del borde del acantilado y caminé en línea recta
hacia el interior del bosque, ya no seguía vereda alguna sino solo mi
intuición; a medida que avanzaba la oscuridad me envolvía, la hojarasca
crujía bajo mi peso, los árboles eran altos y gruesos y todavía
se podía ver, por entre ellos, los rayos del sol que transparentaban las
hojas de las últimas ramas.
Sin siquiera imaginar volverme, aún con la noche tan cercana, guiándome
por los árboles que todavía distinguía, caminaba de uno
a otro pensando en qué momento llegaría al verdadero lugar de los
sucesos, mientras una pregunta rondaba mi cabeza ¿de dónde vendría
la vereda por la que subí? ó, mejor dicho ¿quién
la usaba para llegar desde el extremo opuesto?
Creo que debí seguir por ahí, pero la fuerza que me tiraba desde
el bosque era mucha y mi intuición me decía que estaba bien encaminada.
Los protagonistas del drama deben haberse encontrado en la punta, y luego, acorralados,
no tuvieron más remedio que seguir el trayecto por el que ahora iba yo.
De pronto oigo un ruido detrás y me detengo como si me hubieran congelado,
en la misma posición en que estaba dando el paso, me vuelvo y veo a Azabache
inmóvil, mirándome,
No me da miedo y él tampoco parece temerme, levanta su cabeza y la baja
varias veces hasta rozar el suelo con el hocico, pero no acompaña esto
con el movimiento de las manos, como sería natural en un caballo brioso.
Entonces veo que está enredado en un amasijo de raíces y sin pensarlo
dos veces corro a soltarlo. Mientras yo estoy agachada desprendiendo sus manos, él
toca suavemente mi pelo como si quisiera besarme, y como si yo fuera la persona
a la que está acostumbrado. Cuando queda libre me arrima su costado invitándome
a montarlo y yo, con un brinco del que nunca me creí capaz, me subo y
sosteniéndome de sus gruesas y ásperas crines, lo “espoleo”.
Azabache sale al galope tendido a través del bosque sumido en la oscuridad
de la noche, y yo lo cabalgo como si no hubiera hecho otra cosa en mi vida. Azabache
cruza el bosque derecho hacia el norte, con una seguridad y a una velocidad de
vértigo, obligándome a permanecer casi acostada sobre él,
y yo veo el suelo devorada por sus patas, en esa loca, indispensable carrera.
Por fin se detiene y comienza a oler el aire reconociendo el terreno; a nuestra
izquierda, hacia el este, una luna grande y redonda está asomando, sus
rojos resplandores dibujan la cima de una lejana montaña, y me doy cuenta
que a mis pies se extiende un valle, que poco a poco se va haciendo visible,
conforme la luna crece.
Azabache comienza el descenso afirmando bien sus manos, a veces lo hacía
de frente y a veces de costado, y por momentos parecía que seguir era
imposible, pero Azabache esperaba, tanteaba, retrocedía y luego continuaba
paso a paso, metro a metro. Yo sentía su respiración y los latidos
de su corazón exaltado por el esfuerzo que hacía, y cómo
cada músculo de su cuerpo se tensaba a cada instante, conteniéndose
para no caer por la escarpada ladera, tratando de llevarme sana al valle como
si eso fuera su única misión en esta vida, y como si todos los
demonios lo persiguieran.
A veces avanzábamos siguiendo veredas que Azabache encontraba, y que luego
abandonaba para acortar camino, hasta que terminamos de bajar la parte abrupta.
Esta vez, Azabache se dio el lujo de tomarse un descanso muy pequeño para
lo cual me condujo a un remanso escondido entre las rocas, cuya agua provenía
de una vertiente que brotaba en una gruta, y que estaba totalmente cubierta de
helechos. Adentro, la luz de la luna se filtraba por alguna parte y pude ver
que el agua salía de una roca redonda y lisa, y desaparecía entre
la pared y el suelo. Era sin duda un arroyo subterráneo que afloraba dentro
de la gruta por unos pocos metros, creando ese paraíso bajo la aridez
del suelo.
Azabache y yo bebimos del agua helada y luego él se paró junto
a mí en clara actitud de que lo montara de nuevo. Agachada crucé bajo
las enredaderas que tapaban la entrada, afuera nos esperaban las piedras sueltas
y los matorrales casi secos. Azabache avanzaba lo más rápido que
podía, acuciado por un peligro desconocido para mí, pero envuelto
en su halo de misterio lograba transmitirme la urgencia de esa cabalgata nocturna,
y la necesidad de no desperdiciar el precioso tiempo.
Azabache y yo parecíamos ser los únicos habitantes del valle, como
si la gente, los animales y los pájaros hubieran sido tragados por otra
dimensión, y a mi me parecía que la luna propiciaba ese ambiente
sobrenatural aunque vagamente me daba cuenta que habíamos salido ya, desde
hacía rato, del epicentro de la tragedia. La ladera se volvía más
y más transitable, y Azabache se permitía avanzar al trote de vez
en cuando, hasta que emprendió al galope corto la última parte
en bajada, terminada la cual se volvió, alzó sus manos y lanzó a
la montaña un relincho lleno de amenazas. Siguió resoplando hacia
el monte y raspando el suelo y entonces se tendió en un galope a través
del valle, pero esta vez, hacia el este.
La luna blanca y el caballo negro atravesaban el cielo y el valle en sentido
contrario, pero ámbos seguían el mismo camino.
Muchas horas habían pasado y yo estaba agotada, mis dedos agarrotados
ya no sentían las crines, mi vestido blanco estaba roto y sucio, había
perdido las cintas del pelo y la cintura, y mis zapatitos Luis VI habían
quedado en la gruta, cuando me los saqué para refrescarme los pies.
Azabache se frenaba cuando yo me resbalaba, y esperaba pacientemente a que
yo me repusiera, entonces yo le golpeaba suavemente la cara para indicarle
que estaba
lista, y él retomaba la marcha incansable, hasta que la luna hubo pasado
por sobre nosotros perdiéndose en el Occidente.
La noche prácticamente se había extinguido a nuestra espalda y
allá a lo lejos, adelante, sobre la verde llanura del océano en
calma, se anunciaba la majestuosa llegada del día contra el telón
azul del cielo que el fuego naranja del sol acariciaba. Ante mi, en primer plano,
una arena blanca que crujía bajo las patas de Azabache.
El caballo se despidió de mí, me clavó sus grandes ojos
negros y sus crines se erizaron, confiriéndole un aspecto fiero y salvaje,
pero su mirada se volvió mansa para mí. Luego, en un arranque se
apartó alejándose por la playa; su hermosa estampa negra sobre
la blancura de la arena se destacaba en el centro mismo del sol, y cuando éste
se desprendió del horizonte, Azabache, que había llegado al borde
del agua, desapareció.
Me quedé sola, descalza, sucia y agotada, tenía las manos y los
pies hinchados, el vestido roto y el cabello desgreñado; apenas si podía
mantener los ojos abiertos y la luz del sol me encandilaba, y por si eso fuera
poco no sabía dónde estaba.
Lo único que yo quería era despertarme para poder descansar. Entonces
miro a mi derecha y veo el acantilado, el comienzo del bosque en la punta, y
la blanca mansión, ahora completa. Me encontraba, pues, en la ensenada
que viera desde arriba.
Arrastrando las piernas camino por la arena, todavía fresca, y comienzo
a subir la vereda serpenteante que había estado a punto de bajar cuando
oyera los gritos y el relincho de Azabache.
Con mucho trabajo, cayéndome, tropezando, alcanzo al fin los escalones
de piedra, descuidados y cubiertos de hierba, y con el último aliento
llego arriba, el parque está igual pero los árboles son más
gruesos. Desde la baranda miro la playa y el lugar por donde Azabache desapareciera,
y puedo distinguir aún sus huellas a la orilla del mar.
Con el pecho agitado me doy vuelta y mientras recupero el aliento observo la
casa de tres plantas, a 50 metros de mi y que yo veo desde atrás pues
le da la espalda al océano, y justo cuando me encamino hacia ella se abre
una puerta y salen tres ancianos, dos hombres y una mujer, aquellos jóvenes
que viera en la punta del acantilado.
Me acerco; la mujer, Caterine, lleva flores en sus brazos y dice a los hombres
que la dejen sola. Ellos protestan alegando la subida y su edad, y que sus
visitas a la tumba de Annie todos los meses tras la luna llena, debían terminar.
Caterine les contesta que no se preocupen por ella, que su alma necesita esas
visitas tanto como la de su hermana, y que acudirá a esa cita mientras
un hálito de vida la anime; terminó reprochándoles que la
salvaran de las acometidas del caballo de Annie, muerta a los 15 años,
y alegrándose de que no pudieran darle muerte la noche aquella, en que
lo persiguieron en el bosque, porque Azabache, acorralado, se tiró al
mar. Luego dijo que había soñado con su hermana, que finalmente
ella y Ralph habían logrado huir hacia el valle como planeaban, en una
noche de luna.
La anciana acaricia dulcemente las flores y se aleja, pequeña y agobiada
por los remordimientos, por ese acto de valor que no tuvo en el pasado, y que
ahora de nada sirve.
Y yo me quedo ahí, hondamente conmovida por esa historia de amor y muerte,
sabiendo que el sueño de Caterine fue mi cabalgata y Azabache, corriendo
enloquecido para llevar a Annie al valle antes de que la noche terminara, porque
tenía que regresar al mar.
Ahora sus almas descansan en paz, a través del tiempo y del espacio habían
logrado realizar su fuga
Con mi corazón también en paz atravieso la casa sin detenerme
a espiar en ella, donde seguramente hay un cuadro de Annie jinete en su caballo
negro.
Salgo, la zona inexistente me deja esta vez mirar al sur y una suave llovizna
comienza a caer mojando y limpiando todo.
Y es una suerte que llueva, porque aunque solo sea el sueño de la última
lluvia de verano, yo no puedo ni quiero dejar de llorar. |
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