JOSEFA RIOS


Esto es algo que debería escribir otro sobre mí, pero como en España nadie me conoce (en Argentina tampoco) lo voy a hacer yo, así que no se fíen; sí es cierto que empecé a escribir a los 7 años, no como el resultado de un talento incipiente sino como la consecuencia de una infancia maravillosa, convertida en un dulce recuerdo del que me cuesta mucho salir, porque en él viven los seres que más me quisieron, con los que más segura me sentí y que se han ido para siempre, llevándose sus voces alegres, picarescas, siempre listas a la risa y a la broma pero reacias al llanto, primero la lucha hasta agotarse.

A Josefa Ríos no la conocí, murió mucho antes de que yo naciera, pero imagino que su infancia fue igual a la mía, solo que terminó abruptamente, y se vió en plena adolescencia "cristianada" y casada con uno de los españoles que luchaban por liberar a los indios, su raza Charrúa (de la que desciende mi padre) mezclada para siempre con la española en nosotros, sus hijos.

Me gusta pensar que cada vez que alguien dice su nombre, ella escucha. Tal vez por nuestras venas no corre solo sangre, sino algo del acero toledano que una vez dijo:

No me saques sin razón
ni me envaines sin honor

Así es como deberíamos usar las palabras.

 






 





EL HIGO ERRANTE

Higo Errante estaba harto. No es que se considerara superior pero se sabía necesario, indispensable. Este su destino de no tener destino acabó, francamente, de aburrirlo. "No es posible -se decía- que yo tenga que estar en todo".

Al Principio hasta le gustaba su trabajo, con el bosque desbordante de vegetación y esas inmensas soledades todas suyas. Pero lo que más extrañaba del Principio era el silencio milenario; "haberlo sabido al principio -se quejaba".

Así y todo no dejaba de acudir a dónde lo llamaran; lo malo es que él era el único. Tanto se habían acostumbrado a consultarlo que nadie salía o entraba sin su presencia. "Alguien debería relevarme -pensaba- tanto ir y venir me marea".

Higo Errante está realmente viejo y cansado, el bosque ha crecido y el trabajo es cada vez más; el árbol de sus ancestros ha quedado tan lejos en el tiempo, que Higo Errante desespera de volver alguna vez a sus ramas. El aguacero le pone un velo a sus pensamientos; la caliente humedad que se levanta dibuja las imágenes que pueblan sus recuerdos. "Solo por volver al Principio sería capaz de empezar de nuevo -dice- aunque luego me viera en esta situación otra vez".

En más de una ocación había intentado cambiar de trabajo pero no encontraba sustituto, nadie quería atarse con laburo tan absorvente; y la voz del deber era algo que Higo Errante se sentía incapaz de desoir. " Si bien es un trabajo liviano -le había dicho un Higo aspirante- no tiene horario fijo; pero todo lo que tienes que hacer es constatar entradas y salidas -se defendió Higo Errante- ¿dónde encontrarás otro más seguro? No, No -dijo el Higo aspirante- prefiero algo a que pueda renunciar, eso de contratarme para siempre no me gusta nada".

Unas semanas después Higo Errante recibió una visita, era un Higo que habitaba la parte antigua del bosque y le traia noticias de su árbol; "Por allá todo está igual -dijo- mucho silencio y soledad, las cosas se hacen lentamente a causa del atraso, pero lo importante es no detenerse; si -dijo Higo Errante- al final, tomar conciencia es vital".

Y diciendo ésto hizo pasar a su huésped; en cuanto el Higo visitante entró, Higo Errante salió, cerró cuidadosamente el círculo y se fue.






LA CARTA DEL INTERIOR


Lidia mira con fastidio la hoja que desde la máquina de escribir se burla de ella, ha pensado varias maneras de relatar el asesitato de un personaje secundario de su novela y no puede decidirse por ninguno.

Eligió por fin el estrangulamiento, pero necesita decirlo en forma espectacular, quisiera plasmar en el papel no solo la angustia de la víctima sino también su dolor, la sensación física de ahogo, describir el crujido del cuello al romperse.

¿Cómo se verá desde los ojos de la agonía la cara del asesino?

Se pone de pié, es inutil quedarse sentada, ya llegará la inspiración cuando menos la espere. Sale a hacer las compras y regresa, encuentra a su marido en casa y de mal humor al no hallarla. Durante la siesta continúa la novela pensando que ya tiene el argumento y una hora de soledad para el borrador:

"Ella baja del taxi -comienza- se ha demorado más de lo que esperaba y es muy tarde: el barrio está silencioso y el edificio dode vive, a oscuras. Sube hasta el segundo piso por las escaleras para que el ascensor no la delate; no hacen ruido sus suelas de goma.
Entra al departamento, cierra y va al baño sin encender la luz; le gustaría tomar una ducha pero lo despertará, se pondrá furioso y pelearán de nuevo, mejor así, mañana podrá mentirle sobre la hora de su llegada.

Se dirige al dormitorio cuya puerta está abierta; la persiana no ha sido bajada del todo y la luz de los avisos luminosos dibuja el cuerpo del durmiente; está casi en el medio de la cama, la cabeza fuera de la almohada y un brazo extendido.

En cualquiera de los dos lados que se acueste tendrá que tocarlo; se inclina hacia la cara del hombre, el olor a alcohol le da nuevas esperanzas y lentamente comienza a correr el brazo atravezado. Conteniendo el aliento se apoya en la cama; si se despierta le dirá que fue al baño, confiando en que él no se dará cuenta de lo helada que está en contraste con la tibieza del lecho, se tiende de espaldas al hombre. Quisiera taparse con la sábana pero no se atreve más que a respirar.

Cuando seis meses antes se fueron a vivir juntos la cosa era diferente, él laburaba y no bebía; pero ahora la escacés de trabajo y el ocio lo habían vuelto irritable.

No le importaba el modo en que la mujer se ganaba la vida pero no toleraba sus retrasos, consideraba que todo tiene un límite y no aceptaba que ella diera más importancia a esos clientes de última hora que a él. El hecho de que pagaran el doble lo tenía sin cuidado.
El hombre abre los ojos; está completamente despierto. La mano que ella le ha corrido se mueve en imperceptible caricia. Ella aparenta un despertar sobresaltado pero no se vuelve, sabe que no le gustan las iniciativas femeninas. El no es un cliente.
El hombre la pone de espaldas y se sube; busca debajo de la almohada un viejo cinto que siempre usa para eso y le ata las manos. Permanece un rato besándole la espalda y sintiendo crecer la exitaciónde la mujer. Le pasa los brazos por debajo del cuerpoy con las manos en los pechos la levanta.
Ella se le pega, sabe que ahora debe ofrecer su cara y gira la cabeza; él la da vuelta; acostada boca arriba lo espera. El se ubica, penetra despacio y se mueve a ritmo lento, se cree un experto y ella adora su técnica amatoria.

La lleva una y otra vez al borde del orgasmo hasta que no se aguanta más a sí mismo. En el dulce abrazo que sigue le desata las manos, le saca los cabellos de la cara, la besa con ternura. El hombre la mira; hay una nueva luz en sus ojos y ella tiene miedo de hablar, de preguntar; jamás se atreverá a dar una explicación sin que se la pida.

En las últimas semanas ha cambiado tanto que le cuesta recordar al muchacho alegre que fue, el de las ilusiones y los planes. Con amargura ella piensa en lo animoso que era cuando, recién perdido su trabajo, escribió aquella carta a sus parientes del interior pidiendo ayuda para ámbos. Y luego, al ver que el tiempo no le traía respuesta, lo vio perder la esperanza y el valor.

No admitía que lo alentara y ella pensó con tristeza que ya no estaba en sus planes."
Lidia oyó el portazo y rápidamente mira el reloj: las siete treinta y no había cocinado; se levanta y ve a su marido que la observa desaprobador, da media vuelta y se encierra en el baño; Lidia baja hasta el supermercado y al regresar, el marido está sentado en el escritorio leyendo su novela.

En silencio se mete en la cocina y prepara una cena de apuro como todas sus comidas. Cuando termina se la sirve y sin palabras se sienta a escribir; no podrá hacer nada hasta que haya relatado el asesinato. Pensaba que lo haría estrangularla mientras hacían el amor, después decidió que mejor al terminar, y ahora no hallaba el momento de matar a la infeliz, como si ella tratara de escapar a su destino de personaje condenado.

El marido de Lidia termina de cenar y se dedica a ver televisión; cada tanto levanta la vista y la mira de una manera que no la deja concentrar; como si consperara q favor del personaje impidiendole realizar el crimen. Se da cuenta que no podrá escribir mientras su marido esté levantado, así que junta los restos de la cena y limpia los trastos. Luego prepara café y enciende un cigarrillo; parada en la cocina bebe a sorbos pequeños y fuma.

El marido se asoma a la puerta, tiene una mirada muy intensa que a Lidia se le clava en la carne estremeciendola como antes, como cuando todavía hacían el amor. Deja el cigarrillo y el café y pasa junto a él hacia el interior del dormitorio; frente al escritorio se detiene, él viene detrás de ella y se le para al lado enviandole esa mirada turbadora que es todo un llamado. Sorda a él Lidia se sienta rígida ante la máquina y, con odio, escribe:

" El hombre tiene a la mujer entre sus brazos, están de costado y ella, sumisa, lo deja hacer; cada tanto la besa y acaricia. La mujer enreda sus dedos en el pelo ensortijado del hombre y le muerde los labios; él no se molesta como antes porque ya no tiene motivos, porque el trabajo de ella se ha terminado para siempre y esta noche todas sus iniciativas serán aceptadas.

Entre risas comienza el juego erótico otra vez pero el hombre no busca el cinto de tela, no será necesario porque las manos de ella jamás volverán a vender sus caricias; él ha tomado una desición irrevocable y ella no podrá resistirse...,"

Lidia se sobresalta e interrumpe el golpeteo de la máquina, se levanta despacio y se asoma al dormitorio; todo está quieto allí, debió ser un ruido en la calle. Mira su reloj: las dos de la mañana; de pronto se siente cansada , pensandolo mejor, dejará vivir a la desdichada una noche más. Apaga las luces y va al baño.

" ...se dirige al dormitorio cuya puerta está abierta; la persiana no ha sido bajada del todo y el resplandor de los avisos luminosos dibuja el cuerpo del durmiente; está casi en el medio de la cama, la cabeza fuera de la almohada y un brazo extendido. En cualquiera de los dos lados que se acueste tendrá que tocarlo. Lidia sonríe con desprecio al ver que su marido reproduce la escena de su novela, y para burlarse le sigue el juego.

Se inclina hacia la cara del hombre como si oliera y lentamente corre su brazo atravezado, luego se tiende de costado. El hombre que fingía dormir abre los ojos, la mano que ella le ha corrido se mueve, llega hasta su espalda y sube en imperceptible caricia. Ella aparenta un despertar sobresaltado y espera con satisfacción el momento de escupirle su asco; el hombre se acerca, la pone boca abajo y se sube.

Gozando anticipadamente ella deja que le acaricie la espalda, le dará unos minutos para que compruebe una vez más su impotencia. La mujer siente el deseo subirle por las piernas y desliza las manos debajo de su cuerpo. El hombre continúa las caricias, retira los cabellos de su nuca y se la besa. Con los dedos le recorre la cara y el cuello; la espalda y el cuello; los hombros y el cuello. Las manos se acomodan; cabe tan justo en el hueco. El cuerpo de la mujer se sacude. El hombre no sabe muy bien de qué."

A la mañana siguiente cerca del mediodía, confundidos entre el gentío de la estación, una humilde pareja con sendas mochilas, zapatillas, vaqueros y camperas de jeans, los largos cabellos al viento, se trepan al vagón de tercera. Ubican su equipaje y se sientan.

El tren arranca, toma velocidad y se pierde. Entonces ellos, helados y felices, despliegan para leer, por centésima vez, la carta del interior.





LA ZONA INEXISTENTE
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Ayer soñé otra vez con la zona inexistente y como siempre que esto pasa me levanté deprimida. La sensación de soledad absoluta que se apodera de mí en el sueño me persigue durante horas, días a veces. Es una sensación extraña, sin penas ni alegrías pero sobre todo, sin temores. No me siento ni bien ni mal, me siento raramente “normal”. Solo una tímida inquietud ha asomado últimamente en mí cuando sueño con la zona: cuanto más deseo despierta no soñarla, más deseo en el sueño atravesarla y apuro mis pasos hasta su esquina que está cerca, esperando llegar a ella. Me cruzo con vecinos que conversan y saludan desde la vereda de enfrente o desde sus casas.
Nunca encontré a nadie caminando por mi zona, esa vereda solitaria con el paredón triste, y hasta las hojas de los árboles evitan caer sobre ella, dándole un aspecto de rara antigüedad.
Como si perteneciera a un pasado común y doloroso, como obedeciendo a un acuerdo tácito, la gente del barrio elude sistemáticamente cruzar la zona inexistente, y la zona, ignorada por años, se fue borrando del paisaje pueblerino hasta el día de la tormenta.
Yo estaba en el centro cuando se desató y me refugié, como todos, bajo los saledizos o dentro de los negocios. ¡Había tanto sol cuando salí! Pero ahora tenía que volver, después de un rato la gente comenzó a correr para un lado y para el otro, los negocios cerraban sus puertas y la calle quedó solitaria en pocos minutos. El cielo estaba totalmente gris y la tormenta, lejos de amainar, por momentos arreciaba con toda la furia de la sudestada.
Recuerdos de mi infancia en el campo comenzaron a llegar traídos por el olor del agua y el ruidos de los árboles sacudidos por el viento; sentí en mis pies, como entonces, aquella agradable sensación al andar por los arroyitos que se forman en los caminos de tierra, vi decenas de ranitas casi blancas escapar de sus agujeros inundados, a las lagartijas meterse entre las piedras donde se refugian cuando el sol las calienta en las siestas, y a las que yo sacaba con ayuda de Capitán, mi perro, que corría más rápido que las liebres cuando lo lanzábamos detrás de ellas, pero que jamás cazó ninguna para desesperación de mi padre.
Después me vi en la arrocera de los vecinos, que tenían muchos hijos y me llevaban a cazar anguilas por las noches, entonces metíamos en el agua las manos dejando un solo dedo estirado para que las anguilas se prendieran y sacarlas de un tirón. La mía era hermosa y suave como la seda. Después de “acostarla” en un balde de lata con agua hasta la mitad, permití que me bañaran y acostaran a mí, y me dormí buscándole un nombre bonito...Dicen que son deliciosas saltadas a la cacerola cortadas en rodajas; yo lo sé porque gracias a mi padre me la almorcé al día siguiente.
Una dulce melancolía por aquellos años felices me hace sonreir con la misma añoranza de siempre y fue por eso, y no por otra cosa, que pasé por la zona inexistente sin querer.
Yo me había sacado la campera de nylon y con ella envolví los libros y los zapatos, me arremangué los pantalones y con el bulto sobre la cabeza salí a la lluvia; yo iba para el sur y la lluvia para el norte, esto me hacía caminar inclinada y en esa posición solo veía unos metros delante de mi, pero ni ese día ni el otro me di cuenta de lo que había hecho. Pasaron varias semanas y no me acordaba para nada de esa tormenta ni de las lluvias en el campo, hasta que una siesta, terminando ya el verano, el sonido del agua sobre el techo me hizo soñar con la zona inexistente.
Yo me veía de frente como si estuviera de espaldas al viento que acostaba la lluvia y los árboles, caminaba hacia mí misma, pasaba junto a mi y me perdía a mi espalda pero yo (mi yo que soñaba), me quedaba parada viéndome pasar de largo, asombrada por mi indiferencia. Desde entonces, cada vez que llueve a la siesta yo sueño con la zona, al principio me costaba recordar, apenas si tenía una vaga idea de lo soñado que siempre se mezclaba con los recuerdos de mi infancia, los que al final prevalecían. Pero con el tiempo trataba de seguir soñando en duermevela, desechando de mi mente aquellas lluvias del campo, hasta que logré atrapar la sensación plena del sueño por unos breves instantes, pero no conseguía dormirme de nuevo para seguir soñando.
Las lluvias de verano se acabaron y cuando llegó el invierno el sueño desapareció. Ni una sola vez me acordé de la zona ni del sueño, y con las lluvias de invierno volvieron los recuerdos de infancia, yo curiosamente evitaba salir cuando llovía, cosa que siempre me gustó, a menos que fuera absolutamente necesario.
Un día los vientos primaverales se presentaron justo cuando yo cruzaba la zona envuelta en su característico silencio, el golpe que sentí en la cara al salir de ella y escuchar de nuevo los sonidos de la calle me hicieron recordar el sueño, por primera vez conciente; a partir de ese día yo no quería que el verano llegara.
Me tranquilicé renunciando para siempre a dormir en las siestas lluviosas de todos los veranos de mi vida, y no tardé en comprobar que esta decisión me privaba de soñar durante la noche.
Había aprendido ya hacía tiempo a programar mis sueños al acostarme, aprovechando los días propicios del ciclo lunar, e incluso podía continuar un sueño interrumpido en el momento mejor, hasta que terminara solo, y no estaba de ningún modo dispuesta a perderme esas maravillosas experiencias que tanto esfuerzo mental me habían costado, y menos ahora que había logrado recrear mis propios cuentos, y porque me había llevado una fenomenal sorpresa en el experimento: jamás podía, en el sueño, representar el papel del personaje que elegía, sino que me ponía las ropas del más desgraciado de ellos, y luchaba desesperadamente para torcer el destino que en el papel le había tocado, creando una situación tragicómica en la que de día escribía y de noche borraba.
Me encontraba por esos días en una nueva etapa de mis “experimentos” consistente en soñar los cuentos inconclusos, pero no los cortos que siempre se presentan íntegros y con su final bien claro, sino aquellos que lleva semanas terminar, con muchos personajes y lugares, y susceptibles de ser alargados indefinidamente.
Vanos y frustrantes fueron mis intentos durante noches interminables, para despertar agotada a la mañana con un espantoso sentimiento de perdida. No tenía que consultar con ningún psicólogo para saber lo que tenía que hacer: enfrentarme con la zona inexistente dentro o fuera del sueño.
Muchas posibilidades de lluvia no había y así pasaron más de dos semanas. Una mañana temprano me despierto de golpe, fue uno de esos despertares sobresaltados en que uno está lúcido y con los ojos bien abiertos y se queda quieto escuchando, esperando. Afuera, una mansa lluvia mojaba y limpiaba todo. La ansiedad y el nerviosismo se apoderaron de mi, me levanté y salí rápido. Al doblar la esquina miré hacia la zona, el barrio todavía dormía. A mi alrededor no había nadie, las ventanas de las casas estaban cerradas; caminé muy despacio, llegué, crucé y di vuelta a la manzana.
A la siesta soñé conmigo pasando dos veces por allí, cuando venía descalza con el bulto de los libros y cuando iba esta mañana con el paraguas.
Las dos imágenes se cruzan por el centro de la vereda atravesándose la una a la otra, pero yo no estoy en el sueño como espectadora, solo estoy viendo desde el sur.
¡ Esto es una locura! -pensé- si cada vez que pase por ahí se va a agregar una imagen al sueño, en un año habrá cientos de figuras deambulando indiferentes, atravesándose mutuamente y sin hacer nada para acabar con esta pesadilla. Así que decidí no ir más por la zona inexistente pero sí soñar con ella. También decidí otra cosa: averiguar que pasa con ese lugar, cómo actúa la gente del barrio. Descubrí que son muy pocos los que cruzan esa vereda, unos porque tienen auto, otros porque no van para ese lado, pero no la evitan como me había parecido en el sueño, solo que como no hay nada allí nadie tiene por qué ir.
Dejé en el olvido mis experimentos con los cuentos, aunque soñaba de noche normalmente, y me acostaba a la siesta cuando llovía. El sueño acudía invariablemente y con el tiempo logré borrar mis dos imágenes pero no podía ubicarme en otro sitio y siempre terminaba mirando la zona de sur a norte.
Los ejercicios mentales que hacía para programarme no daban resultados y abandoné por cansancio, el sueño venía y hacía lo que quería que era siempre lo mismo: empezaba antes de la zona y terminaba antes de cruzarla del todo.
Yo estaba segura de que un temor oculto me impedía caminar en sentido contrario. Durante cuatro tardes seguidas en que lloviznaba suavemente me programé para detener el sueño un instante antes del final, si lo lograba, el siguiente paso sería continuarlo a partir de allí para poder atravesar la zona mientras el tiempo normal del sueño transcurría, pero llegado al mismo punto me despertaba completamente, es decir: el sueño comenzaba y terminaba, porque yo me dormía pensando con fuerza en la escena final y no pude conseguir que durara lo mismo que antes; era como ver una foto.
Después hice algo que había decidido no hacer, caminaba de norte a sur por la zona antes de acostarme; tampoco dio resultado: como espectadora siempre le daba la espalda al sur.
Por esos días tuve que viajar y aproveché para hablar con una vidente, amiga de una amiga que vive en Bandfield, y que me había contado experiencias muy extrañas.
∑ “Pero lo tuyo no tiene nada de raro –me dijo- vos sos vidente”.
∑ “¡AH! –y pensé: maldita la gracia que me hace.
Todo el viaje de regreso lo hice rumiando las cosas que me dijo: que me quedara tranquila que eso era un don, que no era para ponerse así y que tenía que practicar..¿¡practicar!? para no hacer daño ni meterme en líos, que no tratara de anularlo porque me ocacionaría serios trastornos psíquicos -¡JA, ahora me lo dice!- que lo tomara con calma como si fuera el don de la pintura o de la música. ¡Ojalá pudiera tocar el violín como Eugenio Ormandí o pintar como Van Gohg! ¡Pero-qué-rica-tipa! –pensé- ¿Por qué no me dice cómo recuperar la normalidad? En cambio reconozco que me dijo dos cosas importantísimas, primero: si el sueño se termina –o corta, de eso estoy segura- antes de cruzar la zona, es porque se supone que en ese punto algo debe ocurrir, y si aún no ha ocurrido es porque la que debe actuar soy yo, y como yo sigo caminando hacia el norte, llego al sitio de siempre y se acabó, la segunda cosa que me dijo es que hable “si no te animás a darte vuelta al menos hablá, decí algo, preguntá...” ¡Sí-cómo-nó! –pensé yo- así los vecinos me creen loca o lo que es peor, alguien me contesta.
Mi amiga propuso que me quedara unos días más por si llovía, “entonces una siesta, con la vidente cerca para intervenir...” Pero la vidente no quiso, “no –dijo- acá el sueño no va a venir, tiene que ser allá, donde está la zona, y mirándome muy seria “hacerme caso, date vuelta y pregunta ¿quién es!, después que hagas el primer contacto me avisas que yo voy con otra persona y entre los tres haremos lo que sea necesario.”
“ Lo que sea necesario”, esas cuatro palabras podían significar tantas cosas: ¿y si era un alma buscando su cuerpo perdido desde los tiempos de Urquiza? Porque la famosa casa-cárcel del General está por ahí nomás, pudiera ser alguien que escapó y lo alcanzaron cuando trataba de llegar al río. Y aquel otro asunto del cura asesinado tan cerca de la zona, donde está la capillita. Y ese antepasado mío que mataron, fue bastante lejos de aquí pero era mi pariente.
Mi amiga trataba de animarme pero a mi me parecía que me cargaba:
“¿ Che, y si fuera un tesoro de aquellos galeones?”
Están en el fondo del océano –contestaba yo- no digás pavadas, querés?
“ Pero tu antepasado venía en un galeón ¿no?”
Si, entonces yo voy, me consigo cinco palos verdes para reflotar un galeón lleno de esqueletos y vasijas de barro, que vendidas me van a dejar un vagón de guita; cortala!
“¿ Y si fuera él?”
¡¿ Y si fuera un demonio?! ¿O no se te ha ocurrido? (Me enojé) ¡Entre las cientos de personas que conocés ¿cuántas realmente buenas hay? ¡una de cada diez! Los otros nueve son regulares tirando a malos.
“Pero ella dijo –insistió mi amiga- que ese peligro existe cuando nosotros tratamos de establecer el contacto, en este caso no porque es al revés, porque el que te busca es alguien que te conoció o que perteneció a tu familia”.
Me parece –dije- que ya tuvo bastantes oportunidades de manifestarse, además ¿por qué a la siesta? ¿Cómo se les ocurre que yo me voy a parar en pleno día, tan cerca de mi casa y voy a preguntar a nadie “¿quién es?”
Mi amiga tuvo que reirse.
“¿Ves que es redículo?”
“Si no me río por eso –contestó ella- aunque sería muy cómico, claro, lo que te decía la vidente se refería al sueño”.
“¿Al sueño? –pregunté amoscada.
“Sí, estabas tan enojada que no entendiste nada, solo se trata de que “en el sueño” te des vuelta, preguntes ¿quién es?, y cuando te contesten “fulano”, te das vuelta de nuevo y caminás hacia el norte para terminar ese famoso sueño antes de que él te termine a vos. Después me llamás y yo le aviso a ella”.
En el sueño –murmuré- vos estás segura...
¡Sí, estoy segura, pero por favor!”
Bueno, lo voy a pensar, total, Fulano no se va a morir..
De regreso en mi casa me dediqué a pensar en lo que me pasaba como si fuera una novela: “si yo estuviera escribiendo este disparate le insuflaría un poco de valor al personaje, haría que la mina esta se de vuelta de una vez por todas, establezca el contacto con ese alguien que evidentemente la está buscando, y, después, con ayuda de la otra mina-que-ve, trate de satisfacer los deseos de esta alma en pena; a lo mejor lo único que quiere es que entierren sus huesos, o tal vez necesita descargar su conciencia, no, eso no porque se supone que allá se pagan todos los pecados. Bueno, creo que no tengo otra salida, o me doy vuelta o me paso el resto de mi vida tragando remordimientos.
La naturaleza me jugó una mala pasada, no llovía y el verano se acababa, hasta que una tarde, a una hora en que nadie que sea normal se acuesta, a no ser los bohemios, empezó a llover despacito, al agua caía como a hurtadillas y aún quedaban dos horas de luz. Por supuesto que me acosté de inmediato, relajé cada músculo de mi cuerpo y con la idea fija de darme vuelta dejé que el sueño se presentara libremente. Al principio ocurrió algo que yo esperaba y temía: mi mente, en un intento por escapar a su responsabilidad empezó a pasearse por los escenarios de otros sueños produciendo un sainete infernal, mostrando el exacto grado de confusión de mi pobre cabeza, y al mismo tiempo, los esfuerzos que hacía para retroceder a la infancia y refugiarse en ella; así las cosas, estuve lo que me pareció un largo rato tratando de rescatar mi imagen adulta de aquellos entornos del campo, para ubicarla en la zona inexistente, pero mi temor era tan grande que recurría una y otra vez a mi pasado, aferrándome a las figuras más queridas, y cuando lograba ver desde el sur a la zona, mi petizo con sus largas crines se paraba de frente a mí, levantaba las manos y relinchaba desesperado, como si viera algo espantoso detrás mío.
Paulatinamente lo fui calmando sin saber si yo era chica o grande en el sueño, y conseguí que se alejara al trote, pero al llegar al final de la zona se detuvo para hacerme un último llamado, desapareciendo en medio de relinchos de protesta y raspando furiosamente el suelo.
Por fin se hizo el silencio en la zona inexistente, que atrapada en esa quietud de cuadro me esperaba; comencé a caminar hacia el norte obligada a una lentitud exasperante, esta vez yo me veía avanzar siguiendo exactamente la línea cardinal: desde el cordón de la vereda longitudinalmente hacia el muro, al llegar a él levanto una mano, “abro una puerta y entro”.
En ese instante dejo de ser espectadora en mi propio sueño y paso a ser la imagen soñada. Este cambio ocurre en el lapso de tiempo entre abrir y cerrar esa puerta, porque (según me dijo después la mina-que-ve) “vos no podés entrar ahí pero ella sí”. Clarito ¿no?
Así que ahora soy “esa”, la que cierra la puerta y se queda apoyada contra ella, mirando el vestíbulo rectangular, cuya simetría solo se interrumpe para dar lugar a la escalera, que descansa sobre la pared izquierda describiendo una suave espiral; a los pies de ésta se abre una enorme puerta macisa de cuatro hojas, la típica entrada a una biblioteca. Sobre la pared opuesta una sola puerta que debe ser la comunicación con la cocina y habitaciones de la servidumbre, el resto está ocupado por tres juegos de living con sus correspondientes alfombras y mesitas; debajo de la escalera, un rincón para leer donde dos sillones orejeros ponen la nota diferente y acentúan la fragilidad de los chipendale.
Algunas lámparas de pié y tres estatuas de ébano sobre pedestales llenaban los espacios vacíos.
El aspecto general del recinto quería ser lujoso, pero sus paredes desnudas y la falta de flores en los búcaros, le conferían esa solemne tristeza de los salones de museo, tan parecida a la de los cementerios, en donde la presencia de los vivos de nada sirve, y sus rituales de flores de colores sobre las tumbas, magnífico símbolo del estadio intelectual del homo sapiens, resulta tan conmovedoramente inocente.
Yo estaba, entonces, en medio de esa tierra de nadie, entre un mundo y otro, avanzando hacia la pared del fondo cuyo empapelado diminuto, que no había visto, disimulaba una pequeña puerta, y hacia ella fui.
Del techo, a un costado, colgaba un grueso cordel color arena, tiré de la borla y la puertita se abrió mostrando el bellísimo paisaje de alguna parte, lo que parecía ser el confín de un extenso parque sobre la cima de un acantilado, a sus pies, muchos metros abajo, rompía el mar con furia arrolladora.
A pesar del temblor de mis manos pude cerrar la puertita y caminar hasta el borde. Hacia la derecha se alzaba un terreno boscoso, como coto de caza, pero hacia la izquierda iba en bajada y la arboleda y los pastos raleaban hasta llegar a las blancas arenas de una pequeña, redonda, hermosísima ensenada. Sin pensarlo busqué por donde bajar y casi enseguida encontré unos rústicos escalones de piedra que luego continuaba en una angosta vereda zigzagueante.
Ya me había lanzado por ella cuando oigo algo que me detiene: a mi espalda, hacia el acantilado donde comienza el bosque, las voces de dos hombres y una mujer que gritan, el relincho enloquecido de un caballo y un galope que se perdió rápidamente.
Subo corriendo para lo cual tengo que recoger mi falda con las manos, y entonces me doy cuenta de la clase de ropa que llevo: un vestido con el talle y las mangas muy justos al cuerpo, la pollera amplia y larga con muchos volados en el ruedo, todo blanco y ribeteado de celeste, como la cinta que enlaza mi cintura.. Todo esto lo vi mientras subía con el pecho oprimido por un fatal presentimiento.
Cuando llego arriba miro a lo lejos, hacia la punta del acantilado que forma el límite entre el bosque y los jardines, allí donde la pared rocosa parece cortada a pique y que, por el ruido del agua, se interna bajo ella tanto como la parte que sobresale, alta como un edificio de diez pisos. Y ahí, en ese lugar que no reconozco, veo claramente, aunque están a más de 300 metros, las figuras de dos hombres y una mujer que gesticulan. Los ademanes de ella parecen algo histéricos y los hombres, finalmente, consiguen calmarla y llevarla para la casa; o sea, vienen “hacia mi”.
Dejé para después la excursión a la ensenada y fui a esperar a los tres personajes, un poco atemorizada pues ignoraba cómo reaccionarían al verme, pero ellos miraban a través de mi sin sentir mi presencia.
Entré a la casa que solo es el vestíbulo y oí sus voces agitadas, ruidos de puertas que se golpean y los pasos rápidos de ellos. Los miembros de la servidumbre acuden presurosos junto a su señorita, quien es atendida solícitamente y a quien luego conducen a sus habitaciones para que descanse. Me apuré y alcancé a verla subir la escalera, acompañada de su doncella y desaparecer en lo alto de la misma, cinco minutos después oí claramente que se abría y cerraba una puerta y todo quedó envuelto en el silencio.
Yo me había parado en la puertita por la que espiaba y me sobresalté al ver a una criada mayor y gruesa salir por la puerta de cuatro hojas, cruzar el vestíbulo y trasponer la que yo supuse conduce a la cocina. Voy tras ella con grandes precauciones pero rápidamente comprobé que no me veían y escuché una voz ordenar un te de tila para la señorita, que regresó muy conmovida de su paseo. Las doncellas se movilizaron, una preparó una bandeja mientras que la otra hacía el te, cuando estuvo listo, me di cuenta que la doncella gruesa se lo llevaría y me volví a la puertita espiando del lado de afuera. La vi pasar y subí la escalera detrás de ella, no me animé a acerarme a las voces pues estaba en un primer piso y no tenía interés en darme un porrazo, para mí solo existía el vestíbulo, y aunque podía verlos dentro de él u fuera de la casa, el resto del edificio se me negaba y tenía que conformarme con escuchar, que no era poco.
Por el roce, la ropa de la cama debía ser de seda o raso, la criada hablaba con mucha dulzura, andaba por la habitación corriendo cortinados que sonaban pesados, y pensé que oscurecía el cuarto para que su señorita durmiera. Nada decía de lo que había pasado y la voz de la muchacha no se oía.
En eso desde abajo salen los hombres y suben la escalera ¡qué hago! Paralizada, los veo acercarse mientras hablan en voz baja, pasan junto a mi, golpean la puerta y entran. Yo los sigo, el mayor se queda prudentemente en silencio pero al joven lo oigo sentarse en la cama y –creo- toma las manos de la muchacha, le pregunta si está más tranquila a lo que ella responde con un gemido.
“He tomado una decisión –dice el joven- Azabache debe morir, ¡no! –exclama al oír los reproches de la joven- no digas nada, lo he decidido y lo haré, esto no puede continuar. El caballo se ha vuelto loco, ¿entiendes? Además sufre, y cuando pienso que un día te encontrará sola...hoy casi acaba con tu vida, Caterine... El nos está pidiendo que le demos fin ¡no quiere vivir! Ahora cálmate, descansa.
Los hombres se van, la criada se acerca a la cama, retira almohadones o algo parecido y escucho como le arregla la ropa, luego dice que le soltará el cabello para que esté más cómoda. Finalmente sale. Yo no sé qué hacer, si voy a la cocina tal vez averigüe algo, las criadas siempre comentan, y los hombres deben estar en la biblioteca, seguramente hablando de lo mismo. Pero una fuerza desconocida me retiene allí, y sin darme cuenta, en un impulso, la llamo: ¡Caterine! La muchacha levanta la cabeza como escuchando, mira a su alrededor y es tan asustada su expresión que yo, arrepentida, salgo decidida a no interferir.
Comienzo a bajar la escalera y de pronto me doy cuenta y me paro en seco ¡su cara asustada! ¡Vi su cara en un momento, al nombrarla! Si pudiera hablar con ella... pero ¿cómo? Parecía tan temerosa, quien sabe desde cuándo le sucede esto, que aún no sé qué es.
Una tragedia ha ocurrido en esta casa invisible, en el vestíbulo no hay nada, y como no veo nada más no puedo buscar fotos, cartas, algo que me de una pista. Decidí pegarme a los dos hombres, entro a la biblioteca pero ellos ya no están allí, aparecen dos criadas con vajillas y por los ruidos es obvio que preparan una mesa, “es el comedor –me digo- bueno, entonces no me interesa, un comedor nunca encierra secretos.
¡Qué exasperante es todo esto! ¿Cómo voy a averiguar lo que sea si no puedo ver nada? Entonces se me ocurre algo: subo al primer piso y estiro mis manos, encuentro la pared que se hace visible donde yo la toco. “¡Bien, esto está mejor!” Camino por lo que debe ser un pasillo y llego a otra puerta, con el pedacito visible donde está mi mano paso a través de ella. Tanteando encuentro un mueble ropero, luego una cama, mesa de luz, la ventana cerrada; así recorro más de 15 habitaciones, algunas con dos camas y otras con una, están todas vacías, nada de ropa, libros o flores: regreso a la habitación de Caterine, si ella no está, la revisaré, está durmiendo.
Abajo se oyen voces, salgo y encuentro a los dos hombres que, portando armas largas, de caza, se preparan a salir. Afuera los esperan dos mozos sosteniendo de las correas a cuatro caballos y una docena de lebreles, a los que hacen oler una montura, la de Azabache.
“¡No puedo creerlo –pienso- lo van a matar como si fuera una fiera salvaje!”
Rápidamente tomé la senda que lleva al bosque y en menos de cinco minutos estaba en la punta del acantilado, donde había visto la escena luego de los gritos y el relincho. Innumerables veredas se abrían para todos lados, pero algo me condujo por la que seguía al borde mismo del precipicio, cada vez más alto y empinado; parecía la menos usada y decididamente no llevaba a claro alguno, sino que más bien parecía el final de un camino para venir desde el otro lado, por alguien que utilizaba esa altura como atalaya para vigilar la casa y sus habitantes.
Cada vez me convencía más de esto, segura de seguir el camino correcto. Durante más de media hora no hice sino subir, cuando me pareció que estaba en lo más alto me detuve a respirar y a mirar alrededor. El lugar mostraba señales de ser bastante concurrido, la hierba estaba pisoteada y varios arbolitos habían sido cortados para formar un claro.
Pensando que ese sitio era magnífico para construir un faro o bien una torre de vigilancia me asomé, la vista era hermosa, la inmensidad del mar sobrecogía, y a través de toda la roca y tierra que había entre él y yo, pude sentir el golpe de las olas en la planta de mis pies. El ambiente se volvió inhospitalario, como si cada gota de agua me dijese que me fuera, un aire frío comenzó a rodearme pero ni una sola hoja se movía, entonces comprendí que la hora de la tragedia había llegado, es decir, de la pasada tragedia, y ese lugar, el escenario, cobraba cada año el mismo clima doloroso, tan fuertes como habían sido las pasiones que la desataron.
Me retiré del borde del acantilado y caminé en línea recta hacia el interior del bosque, ya no seguía vereda alguna sino solo mi intuición; a medida que avanzaba la oscuridad me envolvía, la hojarasca crujía bajo mi peso, los árboles eran altos y gruesos y todavía se podía ver, por entre ellos, los rayos del sol que transparentaban las hojas de las últimas ramas.

Sin siquiera imaginar volverme, aún con la noche tan cercana, guiándome por los árboles que todavía distinguía, caminaba de uno a otro pensando en qué momento llegaría al verdadero lugar de los sucesos, mientras una pregunta rondaba mi cabeza ¿de dónde vendría la vereda por la que subí? ó, mejor dicho ¿quién la usaba para llegar desde el extremo opuesto?
Creo que debí seguir por ahí, pero la fuerza que me tiraba desde el bosque era mucha y mi intuición me decía que estaba bien encaminada. Los protagonistas del drama deben haberse encontrado en la punta, y luego, acorralados, no tuvieron más remedio que seguir el trayecto por el que ahora iba yo. De pronto oigo un ruido detrás y me detengo como si me hubieran congelado, en la misma posición en que estaba dando el paso, me vuelvo y veo a Azabache inmóvil, mirándome,
No me da miedo y él tampoco parece temerme, levanta su cabeza y la baja varias veces hasta rozar el suelo con el hocico, pero no acompaña esto con el movimiento de las manos, como sería natural en un caballo brioso.
Entonces veo que está enredado en un amasijo de raíces y sin pensarlo dos veces corro a soltarlo. Mientras yo estoy agachada desprendiendo sus manos, él toca suavemente mi pelo como si quisiera besarme, y como si yo fuera la persona a la que está acostumbrado. Cuando queda libre me arrima su costado invitándome a montarlo y yo, con un brinco del que nunca me creí capaz, me subo y sosteniéndome de sus gruesas y ásperas crines, lo “espoleo”.
Azabache sale al galope tendido a través del bosque sumido en la oscuridad de la noche, y yo lo cabalgo como si no hubiera hecho otra cosa en mi vida. Azabache cruza el bosque derecho hacia el norte, con una seguridad y a una velocidad de vértigo, obligándome a permanecer casi acostada sobre él, y yo veo el suelo devorada por sus patas, en esa loca, indispensable carrera.
Por fin se detiene y comienza a oler el aire reconociendo el terreno; a nuestra izquierda, hacia el este, una luna grande y redonda está asomando, sus rojos resplandores dibujan la cima de una lejana montaña, y me doy cuenta que a mis pies se extiende un valle, que poco a poco se va haciendo visible, conforme la luna crece.
Azabache comienza el descenso afirmando bien sus manos, a veces lo hacía de frente y a veces de costado, y por momentos parecía que seguir era imposible, pero Azabache esperaba, tanteaba, retrocedía y luego continuaba paso a paso, metro a metro. Yo sentía su respiración y los latidos de su corazón exaltado por el esfuerzo que hacía, y cómo cada músculo de su cuerpo se tensaba a cada instante, conteniéndose para no caer por la escarpada ladera, tratando de llevarme sana al valle como si eso fuera su única misión en esta vida, y como si todos los demonios lo persiguieran.
A veces avanzábamos siguiendo veredas que Azabache encontraba, y que luego abandonaba para acortar camino, hasta que terminamos de bajar la parte abrupta. Esta vez, Azabache se dio el lujo de tomarse un descanso muy pequeño para lo cual me condujo a un remanso escondido entre las rocas, cuya agua provenía de una vertiente que brotaba en una gruta, y que estaba totalmente cubierta de helechos. Adentro, la luz de la luna se filtraba por alguna parte y pude ver que el agua salía de una roca redonda y lisa, y desaparecía entre la pared y el suelo. Era sin duda un arroyo subterráneo que afloraba dentro de la gruta por unos pocos metros, creando ese paraíso bajo la aridez del suelo.
Azabache y yo bebimos del agua helada y luego él se paró junto a mí en clara actitud de que lo montara de nuevo. Agachada crucé bajo las enredaderas que tapaban la entrada, afuera nos esperaban las piedras sueltas y los matorrales casi secos. Azabache avanzaba lo más rápido que podía, acuciado por un peligro desconocido para mí, pero envuelto en su halo de misterio lograba transmitirme la urgencia de esa cabalgata nocturna, y la necesidad de no desperdiciar el precioso tiempo.
Azabache y yo parecíamos ser los únicos habitantes del valle, como si la gente, los animales y los pájaros hubieran sido tragados por otra dimensión, y a mi me parecía que la luna propiciaba ese ambiente sobrenatural aunque vagamente me daba cuenta que habíamos salido ya, desde hacía rato, del epicentro de la tragedia. La ladera se volvía más y más transitable, y Azabache se permitía avanzar al trote de vez en cuando, hasta que emprendió al galope corto la última parte en bajada, terminada la cual se volvió, alzó sus manos y lanzó a la montaña un relincho lleno de amenazas. Siguió resoplando hacia el monte y raspando el suelo y entonces se tendió en un galope a través del valle, pero esta vez, hacia el este.
La luna blanca y el caballo negro atravesaban el cielo y el valle en sentido contrario, pero ámbos seguían el mismo camino.
Muchas horas habían pasado y yo estaba agotada, mis dedos agarrotados ya no sentían las crines, mi vestido blanco estaba roto y sucio, había perdido las cintas del pelo y la cintura, y mis zapatitos Luis VI habían quedado en la gruta, cuando me los saqué para refrescarme los pies.
Azabache se frenaba cuando yo me resbalaba, y esperaba pacientemente a que yo me repusiera, entonces yo le golpeaba suavemente la cara para indicarle que estaba lista, y él retomaba la marcha incansable, hasta que la luna hubo pasado por sobre nosotros perdiéndose en el Occidente.
La noche prácticamente se había extinguido a nuestra espalda y allá a lo lejos, adelante, sobre la verde llanura del océano en calma, se anunciaba la majestuosa llegada del día contra el telón azul del cielo que el fuego naranja del sol acariciaba. Ante mi, en primer plano, una arena blanca que crujía bajo las patas de Azabache.
El caballo se despidió de mí, me clavó sus grandes ojos negros y sus crines se erizaron, confiriéndole un aspecto fiero y salvaje, pero su mirada se volvió mansa para mí. Luego, en un arranque se apartó alejándose por la playa; su hermosa estampa negra sobre la blancura de la arena se destacaba en el centro mismo del sol, y cuando éste se desprendió del horizonte, Azabache, que había llegado al borde del agua, desapareció.
Me quedé sola, descalza, sucia y agotada, tenía las manos y los pies hinchados, el vestido roto y el cabello desgreñado; apenas si podía mantener los ojos abiertos y la luz del sol me encandilaba, y por si eso fuera poco no sabía dónde estaba.
Lo único que yo quería era despertarme para poder descansar. Entonces miro a mi derecha y veo el acantilado, el comienzo del bosque en la punta, y la blanca mansión, ahora completa. Me encontraba, pues, en la ensenada que viera desde arriba.
Arrastrando las piernas camino por la arena, todavía fresca, y comienzo a subir la vereda serpenteante que había estado a punto de bajar cuando oyera los gritos y el relincho de Azabache.
Con mucho trabajo, cayéndome, tropezando, alcanzo al fin los escalones de piedra, descuidados y cubiertos de hierba, y con el último aliento llego arriba, el parque está igual pero los árboles son más gruesos. Desde la baranda miro la playa y el lugar por donde Azabache desapareciera, y puedo distinguir aún sus huellas a la orilla del mar.
Con el pecho agitado me doy vuelta y mientras recupero el aliento observo la casa de tres plantas, a 50 metros de mi y que yo veo desde atrás pues le da la espalda al océano, y justo cuando me encamino hacia ella se abre una puerta y salen tres ancianos, dos hombres y una mujer, aquellos jóvenes que viera en la punta del acantilado.
Me acerco; la mujer, Caterine, lleva flores en sus brazos y dice a los hombres que la dejen sola. Ellos protestan alegando la subida y su edad, y que sus visitas a la tumba de Annie todos los meses tras la luna llena, debían terminar. Caterine les contesta que no se preocupen por ella, que su alma necesita esas visitas tanto como la de su hermana, y que acudirá a esa cita mientras un hálito de vida la anime; terminó reprochándoles que la salvaran de las acometidas del caballo de Annie, muerta a los 15 años, y alegrándose de que no pudieran darle muerte la noche aquella, en que lo persiguieron en el bosque, porque Azabache, acorralado, se tiró al mar. Luego dijo que había soñado con su hermana, que finalmente ella y Ralph habían logrado huir hacia el valle como planeaban, en una noche de luna.
La anciana acaricia dulcemente las flores y se aleja, pequeña y agobiada por los remordimientos, por ese acto de valor que no tuvo en el pasado, y que ahora de nada sirve.
Y yo me quedo ahí, hondamente conmovida por esa historia de amor y muerte, sabiendo que el sueño de Caterine fue mi cabalgata y Azabache, corriendo enloquecido para llevar a Annie al valle antes de que la noche terminara, porque tenía que regresar al mar.
Ahora sus almas descansan en paz, a través del tiempo y del espacio habían logrado realizar su fuga
Con mi corazón también en paz atravieso la casa sin detenerme a espiar en ella, donde seguramente hay un cuadro de Annie jinete en su caballo negro.
Salgo, la zona inexistente me deja esta vez mirar al sur y una suave llovizna comienza a caer mojando y limpiando todo.
Y es una suerte que llueva, porque aunque solo sea el sueño de la última lluvia de verano, yo no puedo ni quiero dejar de llorar.

 







 



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