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SERGIO GRAVIER
Mi
trabajo es como un rito que me permite adueñarme de los objetos en las
más próximas de las cercanías, hasta la revelación
de sus máximos significados. Mis collages toman forma en materiales como
perlas, brillantina o flores artificiales.
Imaginería religiosa y simbólica creando una realidad barroca en
tres dimensiones.
Uno puede encontrase con varias sensaciones al enfrentar un cuadro de la serie
de Sergio Gravier, y esto se debe a que Sergio trabaja en varios planos diferenciados
de nuestra conciencia, jugando con ellos y con nosotros, a la manera de un alquimista
que los pone en situación de conflicto, y por fin resolviéndolo
todo en una amalgama de poderosa delicadeza que enmarca toda la situación,
dejándote, a la postre, entre confundido y extasiado.
Para ser comparativos, la experiencia que nos propone Sergio sería algo
así como “encontrarse con los Dioses y los Mitos (todos, los paganos
y el cristiano) en una hermosa casita de muñecas hecha de golosinas y
chocolates”, donde además, uno sería capaz de sostener un
acceso palpable y real con Ellos, hasta podría sentarse a tomar el té con
Ellos, claro que servido en un hermoso juego de porcelana china, ya que Ellos
se disfrazan exhibiéndose impunes desde una cercanía, desde una
similitud con uno mismo, un están aquí y ahora conmigo, para un
segundo después desayunarnos violentamente con la situación exquisita
que los enmarca, la mirada que nos aleja hacia una contemplación admirativa;
una posición doble, brillante, que los torna inmaculados otra vez, más
allá de nosotros para siempre.
La Belleza de la que trata la serie de cuadros de Sergio Gravier es una belleza
perfecta y casi de juguete, que se mofa de nosotros y de nuestras cosas más
sagradas pero desde el camino inverso de la degradación: se torna más
bella en su transformación, más específica y particular
en el detalle, más frágil y divina en su pequeñez altiva
y en su alcurnia dorada de bajo presupuesto.
Porque si bien Sergio Gravier se mete con todos y con todas (Jesús, Marilyn,
el Efebo, la Virgen María, el Gauchito Gil) los trata desde un lugar popular,
o “pop” si se quiere, Ellos son para todos nosotros, desnudando su
condición sacra por un lado, y volviéndose singularmente hermosos
por otro. Y esto Sergio lo hace muy bien, juega con Ellos y con Nosotros.¿Cómo?:
enjoyándolos con hermosas baratijas, devolviéndoles un brillo al
alcance de todos, rodeándolos de una riqueza majestuosa, pero de mentirita.
Perlitas, brillantina de colores, dorados marcos antiguos, pedacitos de telas
brillosas, goma, inocentes pétalos de rosas de plástico: todas
son herramientas con las que Sergio Gravier se dispone a jugar con nuestros sentidos,
transportándonos a un planeta lúdico donde la belleza es reina
y ninguno de los protagonistas pierde ni por un segundo su condición de
realeza, aunque por un extraño artilugio de magia, se los ve diferentes,
renovados, auténticos en un inesperado y sorpresivo sitial.
Una Áurea Virgen María apoyada en rosas de cotillón y nombrada
Flor de Boluda; un exótico General Otomano vestido de Gala que declara
sospechosamente Yo no Fui; nuestro Señor Jesús entregándonos
su corazón en llamas entre lluvias de glitter y gotas de fantasía;
el omnipotente Efebo Gay, tensando músculos y derrochando poder desde
la mariconería tersa del platinado de las perlas; Betty Boop lista para
montarse en una moto y largarse a la ruta pero, por ahora, estacionada en un
suave y anaranjado terciopelo; y Shiva, sabia y consejera iluminándonos
desde lo que parece una versión agigantada de un antiguo camafeo de nuestras
abuelas.
Todos Ellos y Ellas nos invitan a este juego, manipulan placenteramente nuestro
goce ante lo que es bello, nos dicen vení jugá, y a ver si podés
quitarme los ojos de encima por un instante, te desafío, ya que las cartas
están echadas sobre la felpa verde de los naipes, donde la dulce Vanidad
quiebra la suerte de todos estos Ases.
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